sábado, 10 de diciembre de 2005

Ya es Navidad


¡Se acerca la Navidad! Y la verdad, no se de qué me sorprendo, porque hace semanas que el Corte Inglés se encargó de recordármelo, claro que como sus almacenes son unos privilegiados que parecen vivir por adelantado todo lo que a los demás mortales nos sucede con semanas y semanas de retraso, no le hice demasiado caso.

Pero ahora sí, ahora todo huele ya a Navidad, y los establecimientos cotidianos, tales como la cafetería de la esquina, el taller de reparación del zapatero que habitualmente pone tapas a mis tacones de aguja, armas de mujer que sufren los desaguisados de largas horas de estar “antes muerta que sencilla”, el estanco donde adquiero otra arma menos atractiva y más letal y que con el nuevo año me convertirá poco menos que en una “fuera de la ley”, desterrándome al ghetto de aquéllos que nos negamos a abandonar el asqueroso, reconozco, vicio de la nicotina. Todos se han unido a ese mensajero, precursor de acontecimientos, ya sean la llegada de la primavera en pleno invierno o, como ahora, una Navidad adelantada en noviembre, todos siguen al gran oráculo de nuestras ansias de consumismo que es el Corte Inglés, ahora parece que sí, que ya llega.

Quisiera pensar que los Reyes existen, necesito, en realidad creer en ellos, porque tengo cosas que pedir, cosas que unas altas majestades, mágicas y todopoderosas pueden conseguir: Transformar en realidad mis sueños, sé que es difícil, pero si les digo que mis sueños son tan sencillos que incluso los propios pajes de los Reyes Magos podrían convertir en realidades tangibles, quizás no resulte tan extraordinario que los consiga.

De todos modos, escribiré mi carta, me volveré a reencarnar en aquella niña de seis o siete años que pensaba durante mucho tiempo en lo que tenía que pedir porque sabía y tenía el convencimiento de que aquello que pusiera en su carta lo tendría al amanecer del día 6 de enero, porque ellos nunca le fallaban. Desecharé la idea que la lógica me impone, conjuraré los espíritus mágicos de las hadas, invocaré al hacedor de sueños para que se hagan presentes todas aquellas cosas que dejó colar en las rendijas de mis noches, o, al menos, le pediré que no vuelva a entrar en mi cuarto, que no vuelva a desplegar su alfombra voladora delante de mis narices, que desaparezca de mi vida si lo que va a hacer es regalarme promesas que nunca podrá cumplir. O consigo lo que sueño, o conseguiré no soñar nunca más.

Feliz Navidad.

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