miércoles, 13 de septiembre de 2006

Memoria para cargar las pilas


Para los que vivimos tierra adentro el hecho de desayunar mirando al mar y dejar que se cuele todas las mañanas por tu ventana el olor a salitre, nos parece sencillamente, un milagro.

A veces, me quedo con la tostada a medio camino desde el plato a la boca, embobada, mirando, más bien capturando con la mirada, la estela de algún barco surcando el horizonte o una moto acuática dejando tras de sí puntillas blancas en el gran tapiz azul del mar.

Bien dije antes que capturo o intento capturar estas imágenes, porque quisiera llevarme cada una de ellas como instantáneas fotográficas dentro de mí, para poder sacarlas en ese día gris de otoño, lluvioso, estresante, abúlico o agotador en la ciudad. Esos días en los que mires donde mires, solamente ves edificios de hormigón y hierro y una procesión de coches que vienen y van, tal vez, la copa de algún árbol o el reducto minúsculo de un parque de diseño, pero el mar queda tan lejano como un sueño de verano, como una melodía de la que por mucho que la tararees no logras recordar la letra.

Este trocito de paraíso en el Levante español, al que acudo unos pocos días al año, significa para mí lo mismo que el cargador para el móvil me llena de energía, de fuerza, ese fundir mi cuerpo con el agua y dejarme inundar del paisaje, anegando la mirada de azul, sintiendo cada poro de mi piel acariciado por el sol.

Cuando llega septiembre, y el que más y el que menos volvemos a nuestras rutinas, a mí me vuelven las imágenes a modo de flashback, imágenes de diversa índole, y lo mismo aparece el jardinero de la “urba” vestido a lo Indiana Jones, como el chiringuito donde tomaba la cañita y las aceitunas de mediodía, pero, afortunadamente, entre todo ese remix que conservan mis retinas, también está el color del mar y el sonido de las olas, el olor a salitre y la huella por poco tiempo de la caricia del sol sobre mi piel.

Bendita memoria que vuelve a recargar la batería de mi alma.

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