lunes, 9 de abril de 2012

REFLEXIONES CON SABOR A MAR




Siempre que llego a este rincón del mundo y me alejo del paisaje cotidiano, siempre que huelo el salitre y veo el azul del mar, siempre que mis ojos vuelan queriendo escudriñar más allá del horizonte; En el punto donde se funden mar y cielo en un beso intenso, perfecto, intemporal; siempre, indefectiblemente, tengo la sensación de que los sentimientos que traigo conmigo, sean los que sean, llegan aquí desposeídos de toda capa y ornamento inútil, en toda su realidad, en la majestuosidad, sencillez o crudeza de los mismos, bueno o malo, aquí lo que uno siente, viene envuelto en su propia desnudez, es decir, tal y como es.

Me asombra cada vez que sucede este milagro, porque no por esperado y conocido, deja de sorprenderme esta capacidad de la mente de “limpiar” y ofrecerme en toda su esencia, cada sentimiento que oprime o libera mi corazón. Con qué claridad puedo contemplar las pequeñas y grandes cosas, tan sólo con salir un poco de la espiral que nos agobia, con escapar de esa montaña de cosas inútiles y vacías con las que nos cargamos; Fardos de absurdos problemas, nimiedades que son como espinas diminutas que llenan de pequeños agujeros nuestra alma, dejando escapar por ellos las cosas que realmente son buenas, las que nos hacen bien.

Hemos perdido nuestra capacidad natural para reconocer lo que queremos de verdad, lo que necesitamos realmente y necesita nuestro corazón. Hemos llegado a un punto en el que nuestros pensamientos, nuestros sueños y deseos, se pierden en un maremagnum de impulsos y deseos “controlados y teledirigidos”, un totum revolutum en el que nos sumergen los medios de comunicación, parece como si debiéramos querer, creer, soñar, perseguir, pensar y amar....aquello que se ajuste a los parámetros que otros marcan, a lo que está de moda, o a lo que es conveniente incluso para “ciertas edades”. ¿Qué saben los demás lo que nosotros queremos y soñamos?.

 El tema del amor, por ejemplo, es algo que cada uno gestiona y maneja como quiere, puede o le dejan, pero no creo que haya dos personas que se enamoren de la misma manera y vivan ese amor igual. 

 A este respecto, una amiga mía opina, con muy buen criterio, que enamorarse después de los cuarenta años puede despertar una adolescencia que creíamos lejana y hacernos experimentar las mismas sensaciones y cometer idénticas tonterías que cuando teníamos quince años, en contra de todo pronóstico y de lo que se podría esperar de seres adultos y con un historial repleto de hechos “serios” en su vida, una vida que muchos pudieran pensar "hecha".

Como prueba irrefutable de esto que os digo, mi amiga me ha contado su última experiencia, que no tiene desperdicio: se ha matriculado en un curso al que acude dos veces por semana, y está como loca, exultante de alegría, con una belleza especial que le sale de lo más hondo del alma, y que, lógicamente, no es por el bagaje extra de cultura que pueda aportarle el curso mencionado, sino porque cree que le hace tilín a un compañero.

¿Cómo ha llegado a esa conclusión? ¿porque se lo ha dicho él, se lo ha insinuado invitándola a comer, al cine, a su casa? ¡NO! Sería demasiado obvio, ha sido de otro modo más sutil y al mismo tiempo mucho más divertido y estimulante: se sienta en el mismo pupitre, salen juntos del aula y, a veces, toman un café, él, que va en bicicleta a clase, acompaña andando a mi amiga, llevando la bicicleta rodando al lado, mientras charlan animosamente. No cabe la menor duda de que está viviendo los mismos sentimientos y sensaciones que vivió en la adolescencia, es más, yo añadiría en la más profunda adolescencia.

Para algunos, este cortejo en el que los gestos, las palabras, las miradas, el lenguaje corporal, etc. toman tanta importancia y juega un papel protagonista, quizás pudiera parecerles una inútil pérdida de tiempo a ciertas edades.


Para otros, este despliegue de sutilidades, tiovivo de sensaciones que altera los nervios y desboca el corazón, es, sin lugar a dudas, un revivir sentimientos perdidos o, quizás, experimentarlos por primera vez de ese modo; Puede ser, incluso, la manera más perfecta, delicada, serena, de acercarse dos seres, antes extraños, y ahora, unidos por ese revoloteo de mariposas dentro dos almas que se encuentran.

Claramente, cada persona vive el amor a su manera, y la vida, y el miedo, y la amistad, y el odio, y el rencor, y la aventura, y.....etc. No hay fórmulas mágicas, de ningún tipo, para intentar capturar la felicidad, pero sí que podemos perseguirla sabiendo lo que queremos, lo que soñamos, sin dejarnos atrapar en los “parámetros”, “conveniencias”, “barreras”, y todo aquello que no sólo encorseta el corazón sino que lo agujerea con minúsculas espinas. Nadie tiene que decirnos lo que tenemos que querer y mucho menos, soñar.

A lo mejor, algún día, dejamos de preguntarnos qué es lo que esperan los demás de nosotros, para empezar a cuestionarnos si lo que hacemos es verdaderamente, no sólo lo que queremos, sino lo que esperamos de nosotros mismos para que nuestra vida tome un sentido. Decía Rainer Maria Rilke: “Querido amigo: ¿usted no ve como todo lo que sucede es siempre un comienzo? ¡Y comenzar, en sí, es siempre tan hermoso! Deje que la vida le acontezca. Créame: la vida tiene razón en todos los casos.”

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