lunes, 9 de febrero de 2015

HE APRENDIDO



Con el tiempo, he aprendido que el amor vuela siempre con alas prestadas, porque por sí solo apenas podría  levantar del suelo la carga de expectativas que ponemos en él. Pero ¿quien le presta las alas al amor?: la libertad, la generosidad, la ilusión puesta en el mañana y una serie de interrogantes que casi siempre tiene en nuestro interior una respuesta positiva.


Aprendí que el amor no puede enjaularse, aunque la jaula esté hecha de oro y promesas preciosas, ni amarrarse en dique seco por mucho tiempo, porque necesita sentir la profundidad del océano, el agua acariciando la quilla de su barco e inflar sus velas con el viento que le empuje hacia un horizonte que, aunque sepamos lejano y adivinemos inalcanzable, divisemos como posible y cercano.


Aprendí que amar no significa habitar en el corazón del otro, sino que la unión de dos espacios diferentes formen una sola morada; amar es compartir el aire, la tierra y el fuego de un hogar nuevo con leña que se estrena, en la ilusionada espera de una victoria total sobre la soledad. Es el devenir cotidiano de una vida que se despega de la materia con cada beso que premoniza paraísos, cada mirada vaticinando paisajes nuevos.


 Aprendí que el amor es un pacto de honor y lealtad y un par de billetes que se adquieren para un viaje sólo de ida. Pero también aprendí que, a veces, uno se baja antes de llegar al destino porque el compañero de viaje se convierte en un desconocido con el cual no tienes nada en común, salvo una época compartida de tu vida y algunos sueños forjados al amor de una lumbre que se apaga con los años, volviendo fría la casa que se habita.


...Y sé que el tiempo de aprender no está marcado, ni hay relojes capaces de medirlo, porque mientras exista un hálito de vida y haya un corazón capaz de palpitar, el amor puede desplegar sus alas, aunque éstas sean prestadas.



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