domingo, 7 de julio de 2019






CUMPLIR AÑOS
(María Rosa Rodríguez P.)

Siempre he dicho que la edad es solamente una cifra, pensaba que no nos definía y que ni siquiera tendría que condicionarnos. Durante mucho tiempo he estado totalmente convencida de que esa cifra no podía delimitar nuestro espacio vital, imponernos un status quo, señalarnos un camino para andar o un lugar para parar. Tampoco podía decirnos a quien debemos amar o con quien hemos de estar o lo que debemos hacer, y, ciertamente, me ratifico en muchas de esas cosas, pero ahora, quizás deba reconocer también que no estaba del todo en lo cierto.

La edad es una parte importante de nuestro bagaje, es un contador de kilómetros, una representación gráfica aproximada, de todas las lunas contempladas, de todos los paisajes y vivencias que han pasado por nuestra vida, pero he dicho bien, además de “aproximada”, es tan sólo “una parte” de muchas, porque nadie vive las mismas cosas en los mismos años, porque un año, aunque tenga 365 días para todos, no duran lo mismo, no saben igual, no quedan en nuestra memoria de la misma manera y, sobre todo, su huella en el alma no es la misma.

Confieso que he deseado con todo mi corazón que pasaran rápido cuando era adolescente, anhelando el mundo adulto que imaginaba maravilloso y, también, que quería que acabara cuanto antes alguno de ellos de triste recuerdo; Del mismo modo confieso que he odiado la velocidad con la que pasaban cuando mis hijos crecían tan rápido. Que ha habido años que han traído cargas y otros, alivio. Confieso que hasta he querido disimular su paso, aminorar el surco de su huella, a base de cremas milagrosas, en un brindis al sol de mi propia vanidad.

Me equivocaba, están ahí y sería absurdo y ridículo ignorarlos, nos gritan desde dentro, nos salen por la piel, han llenado espacios en blanco y han hecho que muchas lagunas que teníamos vacías se desbordasen con las respuestas a nuestras dudas. A veces, nos trajeron sueños logrados en los hombros y, otras veces, escondían la daga del dolor de las ausencias entre sus horas, pero también nos regalaron alegrías, gente, vida y el amor. Han dado forma a nuestras ideas junto con esas otras partes que conforman lo que somos, tales como la familia, los amigos, los lugares, las lecturas, los viajes, las vivencias.

Y ahora, cuando este año nuevo llega a mi vida para acomodarse entre los otros, van tomando por fin sentido muchas cosas, otras, estoy segura de que nunca me las explicaré ni con cien años que pasaran, algunas más, dejan caer el velo que las cubría y muestran una realidad que antes no veía y es como si el contorno de las cosas, de las personas, de los hechos, se viera más claro, mostrando su fealdad o su belleza sin pudor alguno.

En definitiva, he llegado a varias conclusiones: Soy más libre que nunca, más sabia que antes (comparada conmigo misma nada más), no sólo tengo mis ideas más claras sino que ¡tengo ideas!, cosa que en otras épocas de mi vida era algo casi prescindible, me limitaba a vivir y gozar de la vida, tomar lo que ésta me regalaba sin analizar demasiado. Cuando amo, amo con toda mi alma con el mismo amor de siempre, porque amar es algo que nace de uno libremente y nadie ha de decirnos cuánto, donde, de qué manera y a quién.

He comprendido algunos valores, como el de la presencia de mis seres queridos en mi vida, el valor del sacrificio y el trabajo, al igual que el de una opinión formada sobre las cosas que nos rodean que puede cambiar si uno cambia, porque nada es inamovible y somos un conjunto de células vivas y no muebles inertes. Aunque hay cosas que están en nuestras propias raíces y son imperecederas.

Ha crecido mi fe en Dios y he de decir, lamentablemente, ha menguado mi fe en los demás. Se me ha quedado pequeño el concepto de la bondad de los otros con respecto a lo que antes pensaba y a mi romanticismo recalcitrante, he descubierto que existe la gratuidad de infligir daño al otro por el mero hecho de hacerlo y eso me exaspera, me ha sorprendido que muchos apuesten más por el poder o el dinero antes que por el ser humano, parece una candidez pero siempre he creído que exageraban quienes lo afirmaban. De todos modos, aún creo en las buenas personas y en su generosidad y hay todavía muchas cosas que me conmueven. Siempre hay ángeles entre nosotros.
Si al principio decía que la edad es tan sólo una cifra, ahora puedo decir que esa cifra tiene una influencia, lo queramos o no, en nuestras vidas, y sí, nos puede condicionar. Pero hay un motor que nunca debe parar, más allá de los años y del tiempo, que abre nuestras alas y nuestra mente, que aligera el corazón de sus cadenas, que hoy es el culpable de que  muchos y yo misma seamos felices, y ese motor se llama ILUSIÓN. Prometo poner todo mi empeño y mi esperanza en que nunca la perderé.

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