martes, 11 de noviembre de 2014




Siempre llevo un no preparado para echarlo al vuelo cuando menos se lo esperan, un no grande y rotundo que me eleve por encima del momento, que me revista de fuerza y sea el escudo que pare los golpes bajos directos al corazón, a la voluntad, a la terrible manía de no llevar la contraria, a la bondad intrínseca, a esa costumbre de muchas mujeres de convertirse en “madres” universales de todos los que nos miran con ojos de corderos degollados

Llevo un no para los planes locos, para lo desconocido, para los saltos con doble tirabuzón, para las apuestas descabelladas, para los besos inminentes, para los flechazos inesperados, para todas esas cosas que me producen miedo y vértigo. Llevo el no como la que lleva la barra de labios o la polvera. No es fácil sacarlo en el momento preciso y esgrimirlo como una bandera blanca que a nadie moleste, de una manera diplomática y aséptica, neutral. Pero la práctica ayuda y he llegado a un punto en el que la naturalidad se ha apoderado de mis noes. Aunque, he de decir, que no ha sido así siempre.

Con él todos los noes quedaban en suspenso o, directamente, se perdían..en el fondo de mis enormes bolsos, en los bolsillos de mis chaquetas, en los bancos del parque, en la mesa del café, en la esquina de su calle, en la puerta de mi casa....Se perdían los noes y, a veces, hasta salia un si volando de mi caja de los sies...¡o muchos!.

Hubo un tiempo en el que me preguntaba si habría perdido todos los noes, incluso si se los habría llevado él con su marcha. Pero anoche, reorganizando “mis cosas”, aparecieron todos los noes que estaban escondidos en el fondo de mis bolsos. Estoy recordando como usarlos...

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