domingo, 17 de abril de 2005

Del hogar y de mi madre

Madre e Hija


Mi madre siempre nos dijo que el "hogar" es donde uno está, donde están los tuyos, quizás porque las circunstancias de la vida nos hicieron viajar mucho de pequeños y cambiar de domicilio con frecuencia, y, con el tiempo he visto que mi madre tenía y tiene razón. Cuando uno parte hacia otro lugar para construir ahí su vida, ha de meter en la maleta junto con los enseres y recuerdos, también el "hogar".

En realidad ocupa poco, es nada más y nada menos que el sentimiento de arraigo a las costumbres cotidianas, a las tradiciones familiares, al sentimiento de "familia".

El hogar se construye a base de cariño, de ese amor que tienes por lo que te rodee, y quienes te rodeen en ese momento, y no necesariamente en ese orden, el entorno, las otras "cosas", es lo de menos.

Mi madre creaba hogar en cada uno de los sitios donde vivimos, porque el aroma de sus guisos, el tacto de las sábanas recién lavadas y planchadas, los picatostes de los domingos por la mañana, las torrijas de Semana Santa, y su pastel de limón, hacían que siempre tuviéramos la referencia de una continuación en el espacio y en el tiempo.

Ahora, cuando vuelvo a casa, la de mis padres, tengo siempre la sensación de retroceder a mi niñez, a mi adolescencia, porque, sea donde sea, en algún lugar de su hogar está también el mío, el que durante años compartí, hasta formar mi propia familia. Soy de la opinión de que los hogares no se rompen ó no tienen por qué romperse únicamente porque los miembros se distancien en el espacio, o porque la pareja se separe, cada uno llevamos dentro esa capacidad de hacer florecer en el lugar donde nos encontremos la semilla de hogar, de continuar o crear nuestras propias tradiciones, poner las bases de proyectos nuevos e intentar cada día llevarlos a cabo.

Mi madre siempre sabía plegar perfectamente ese "hogar" para meterlo en nuestro equipaje.

¡Mamá!...Recuerdo cómo la miraba mientras se hacía su moño italiano y pintaba sus labios, cuando yo era niña, ¡me parecía tan guapa!, recuerdo sus refranes para todo, como sentencias indiscutibles de cualquier situación que se presentara. Cómo nos recitaba, transmitiéndonos, los poemas que mi abuela creó, para que mi hermana y yo se los dijéramos a María en el mes de mayo, en el colegio.

Su afán protector de siempre y de ahora, con el consabido, ten cuidado al cruzar y ponte la bufanda, cuando íbamos al colegio forradas de ropa, para no constiparnos en el invierno. Incluso ahora nos telefonea si sabe que emprendemos algún viaje, para decirnos ¡Ten cuidado! como si al decirnos eso nos hiciera entrega de un amuleto capaz de protegernos durante todo el tiempo.

Un día me perdí en la playa, al salir del agua me despisté y salí más allá de nuestra sombrilla, tendría unos 8 o 9 años, después de un ratito mirando acá y allá, conseguí ver el sitio donde estábamos y fui para él, no había nadie, me quedé alli jugando con la arena, tranquila, sin pensar para nada en lo que podrían estar haciendo, cuando de pronto veo que se acerca un montón de gente, encabezados por mi madre, mi padre, uf! ¿qué pasaba? De pronto sentí un azote en el trasero que me dió ella y que me dolió,para inmediatamente a continuación aferrarse a mí en un abrazo tan fuerte que apenas respiraba. Sus ojos tenían lágrimas y se la veía realmente asustada. Creo que en ese momento comprendí o al menos empecé a comprender lo que te quieren los padres, cosa que hasta que no lo vives, cuando tienes hijos, no llegas a confirmar de verdad.

Con los años, a veces, descubres que los padres no tienen la verdad absoluta y que, incluso se equivocan en algunas cosas, pero siempre el corazón ahí es indulgente, primero porque sabes que ellos son los únicos que te dan lo mejor que poseen, lo mejor de lo que saben, lo mejor de lo que piensan... ¿quiénes somos nosotros para cuestionar, entonces, si lo hicieron bien o mal? Y, segundo, porque ser padres no es nada fácil. En mi caso, siempre prevalecerá antes que el cachete en el trasero, aquél abrazo fuerte, apretado, desesperado de mi madre cuando creyó que yo había sufrido algún daño.

1 comentario:

Monica Alvarez dijo...

Hola Shikilla:
El hogar , el nido donde confluyen los ingredientes necesarios para aplicarlos en la vida , en la convivencia diaria.
Me parecio hermosa tu vivencia personal.La madre como eje central.
Un abrazo desde Chile