
Llevo ya unos días practicando la indolencia y dejadez en mis ideas, no porque no haya material para la crítica en esta nuestra España, incluso ahora en verano, o más en verano, donde la ociosidad conduce muchas veces más a las malas ideas que a las buenas, como dice el refrán: “Cuando el diablo no tiene que hacer... mata moscas con el rabo”, sino porque el calor me aplatana de tal forma que cuando acabo mi trabajo, lo único que quiero hacer es comer y echarme la siesta, salir cuando la noche entra por mi ventana y buscar el fresquito de las terrazas y el tinto de verano con los amigos, para volver a mi casa donde me espera una danza de visillos blancos que levemente se mueven en las ventanas abiertas que, como si fueran trampas enormes y rectangulares, intentan atrapar cualquier vestigio de brisa en la noche.
Pero es ahora, cuando comienzan mis vacaciones de verdad, las de la playa, sol, chiringuito y reencuentro con los paisajes queridos, anhelados, necesarios ya a estas alturas del año. Aunque aún habrá un paréntesis antes de desembarcar en esa isla de ociosidad sin límite a la que todos tenemos derecho, y haré una parada por los madriles y la tierra de Cervantes, quiero despedirme de vosotros.
Amigos míos, os dejo, por unos días nada más, vuelvo a mediados de agosto, y espero haber tomado fuerzas como para criticar, comentar, alabar, sorprenderme u horrorizarme con el ir y venir de esta España de mis entretelas que tiene tantas facetas como lugares maravillosos donde poder ir a deleitarse de gentes y paisajes, multicolores y multiculturales, en fin todos los “multi” imaginables.
Espero venir dispuesta para conjugar todos los verbos anteriores con la misma ilusión con la que comienzo mis queridas vacaciones. Os echaré de menos, por eso os leeré de vez en cuando e incluso puede que os comente. Hoy en día, uno no se puede ir del todo y desconectar completamente si existen portátiles, móviles con tecnología 3G o cibercafés en cualquier rincón de España. Nos seguimos leyendo a la vuelta. ¡Felices vacaciones!