
Hace casi tres años, abría mi corazón en estas páginas para contar mis inquietudes y temores respecto a un tema muy personal del cual también hacía partícipes a mis lectores de entonces. Algunos, como Jesús Arroyo, que entonces era Chechu, todavía siguen viniendo por aquí, pero como hay nuevos amigos que quizás no leyeran esa entrada pongo el enlace, porque tiene mucho que ver con la de hoy.
Hablaba de echar raíces, de puntos de referencia personales, de comenzar nuevas vidas, de cambios y traslados, y todavía, si pienso en aquellos días, siento el pellizco en el corazón, la sensación agridulce de haber conseguido una meta, haber aprobado mi oposición, unida a la tristeza de tener que partir a otra ciudad dejando a mi hijo, que tenía diez años.
Lo que entonces me pareció tan terrible, sin embargo, se transformó en una serie de logros, cambios, experiencias y vivencias muy positivas, tanto para mi como para mi hijo que esperaba con impaciencia cada puente para que yo viajara desde Barcelona a Badajoz para verle y me recibía con besos y abrazos que, por cierto, ahora me cuesta tanto sacarle; todo ello hasta que, en poco tiempo, conseguí el traslado de nuevo a casa.
En estos días, he vivido una encrucijada, mi cabeza ha dado vueltas a miles de cosas, mi corazón se encogía unas veces y otras latía esperanzado, ilusionado. He sopesado, evaluado, imaginado, calculado, en fin, he tenido dentro de mi cabeza y de mi corazón un guirigay de sentmientos encontrados, y todo eso porque se me plantea la posibilidad de concursar para unas plazas fuera de aquí. ¿Qué hacer?.
Un traslado, un cambio, la oportunidad de un acercamiento a mis verdaderas raíces, y entiendo por raíces el lugar donde está mi familia y mi hija mayor, otra ciudad: Alcalá de Henares. Curiosamente, me sorprendo a mi misma, sin reconocerme, habiendo aceptado el reto; esta vez, eso sí, mi hijo vendría conmigo.
Es tanto lo que se ha movido dentro de mi con esta elección, que ni siquiera es real todavía, que puede que ni siquiera lo sea, que durante varios días he dudado, y como os decía, he calculado todo lo calculable, han vuelto los fantasmas del pasado, los que me hacían temer las despedidas, pero quizás lo que me ha empujado a pedir esas plazas y dejar a un lado los viejos miedos a la transitoriedad, lo que ha hecho que acepte el reto, es el saber que la vida siempre me va a sorprender, esté donde esté, que la vida, como decía Martín Vigil, sale al encuentro, y no es tan malo levantar, de vez en cuando, el vuelo, mirarla desde otro ángulo, desde otros rincones, otros paisajes para el alma y los ojos.
Si aquello que mis padres nos enseñaron a mis hermanos y a mí, si las idas y venidas con aquel “hogar metido en la maleta” por distintas ciudades nos valió para algo, fue para hacernos fuertes, para saber volver a comenzar, para ser una piña aunque la distancia nos separe. Creo que, si tengo que llevar mi propio hogar plegado en mi maleta, mis hijos aprenderán también, como yo, que lo que vale, lo que perdura, aquello que es tan ligero que puedes llevar siempre contigo, porque nunca será un lastre que te impida levantar el vuelo, es el amor de los que te quieren y a los que quieres, el resto de las cosas materiales, son solamente eso: cosas, aunque sean queridas y también quepan en una maleta, aunque las llevemos con nosotros e incluso hayan estado en nuestra casa durante años.
He pensado que hasta la cosa más querida para mí es prescindible. Sin embargo, ¡cuánto me costaría caminar sin el cariño y el calor de los míos!.