domingo, 29 de junio de 2014

¿QUÉ ES ESCRIBIR?



Un amigo me preguntó una vez ¿cuánto de mi hay en lo que escribo? ¿cuántas cosas de las que cuento he vivido? ¿cuántos sentimientos míos son los que expreso en cada verso, en cada línea que publico? Y, realmente, no supe contestar. Pero hoy sí, hoy creo que puedo hacerlo.


Cuando uno escribe es una fuente que mana, y mana el agua que está dentro nacida en el manantial de su alma, y el agua que se une en el mar de la vida, y la que arrastra la lluvia de las vivencias, y ese agua que queda estancada en los recodos que forma el río del día a día y, por alguna desconocida razón, salen por la fuente cuando menos se espera. Y también el agua que recoge en su camino, de los conocimientos, de las vivencias de otros...


Escribir es mezclar las aguas de la memoria con las del deseo, las de la imaginación con las de la realidad, escribir es poner tu huella en la vivencia de otros, o desplegar lo vivido por ti como una alfombra donde se posan palabras nuevas.


Escribir es llorar y reír con lágrimas ficticias y sonrisas inventadas, pero también es sangrar con la herida que uno lleva escondida en su propia piel. Escribir, es dejar que vuele la pluma con el ritmo del latido del corazón y correr por los renglones con tus propios pies, o con las alas que presta la magia de la noche, con testigos como la luna y alguna estrella perdida.


Escribir es dibujar en el aire filigranas que luego viven en los versos para siempre, y hacer bodoques bordados con las letras que nos encontramos perdidas en el cajón de la memoria, e incluso en el del olvido. Poner con palabras eternas sentimientos efímeros y, al contrario, con vocablos corrientes, esos sentimientos que durarán toda una vida en nosotros.

¿Cuánto de mi hay en lo que escribo? ¡Todo! Porque mana de mi fuente. ¿Cuantas cosas de las que cuento he vivido? ¡Todo! Porque viven en mi agua. Son gotas que forman mi río. Pero ¡ay! Amigos míos, nunca sabré, si realmente cuento lo que viví, o lo escuché, o fue soñado...algún día, porque los que escribimos tenemos la maravillosa virtud de desubicar los lugares, atrasar o adelantar cuanto queramos el reloj del tiempo y hermanar historias, hilvanar besos y coser a la cometa de los sueños, como si fueran la cola de la misma, nuestras palabras, para que formen parte de ellos.


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